A través de la exploración en la lengua kichwa, Carlos Álvarez Pazos nos aproxima a un mundo, a una cultura, a una identidad que surgen de la interrelación entre la tierra, el cultivo de maíz y el ser humano; una obra de suma utilidad a la que es preciso acercarnos no solo para entender, sino para entendernos
Cuando se va en octubre por los campos soleados de la serranía, aún es probable divisar a la distancia la humareda que envuelve a una casa escondida en los matorrales. Entonces, el caminante hace memoria de la infancia y recuerda a las mujeres que avivaban el fuego para cocinar el maíz en vasijas perfectamente equilibradas sobre las tullpas (piedras); recordará a otras mujeres dando forma a las tortillas para colocarlas ordenadamente en el tiesto humeante; mientras otras dan desde abajo las vueltas al cangador sobre las brasas hasta que se doren los cuyes; en fin, recordará el paseante a mujeres inclinadas sobre tinajas burbujeantes, removiendo la chicha ya fermentada que refrescará a los invitados. Siguiendo una costumbre secular, tales son los principales alimentos con que el dueño de la chacra (sementera) agazajaba a los mingados a la hora de la pampamesa.
La sensibilidad auditiva del observador recordará las voces de los aradores durante la jornada de la la siembra, bajo el sol ardiente:
-¡Ugshi!, ¡Ugshi!- mientras los bueyes avanzan perezosos, detrás del dishador (guía), en vano esfuerzo por sacar el cuello del yugo. En amena algarabía, los huambras caminan detrás de las yuntas, desmenuzan las chambas (terrones) y sacuden las malezas para que la tierra acoja las semillas que las mujeres sacan del tulo (bolso) y esparcen cada cierta distancia en los surcos: un grano de maíz, otro de haba, un granito de fréjol.
En diciembre, las plantas de maíz se elevarán a veinte centímetros del suelo, y habrá necesidad de otra reunión para la primera desyerba; la segunda será en febrero, cuando las plantas alcancen los cincuenta centímetros. Por supuesto, habrá que acumular la tierra alrededor del tallo, aporque destinado a conservar la humedad y defender cada planta de la fuerza del viento. Un mes después empezarán a brotar la yemas e irán cobrando forma los ñawis (choclos) dentro de los pucones. Muy pronto asomarán los pelos de choclo, muy apetecidos para aliviar los riñones. Y llegará la primera cosecha, que es la oportunidad de recoger los choclos para elaborar los chumales, tiempo que coincide con las fiestas del carnaval y con la preparación de la fanesca en la semana santa.
Estará el maíz en su estado de madurez a partir de junio, cuando también será necesaria la minga (reunión) para la cosecha. Es un momento importante en el calendario indígena porque esta vez coincide con el Inti Raymi (fiesta del sol). En medio del entusiasmo general se procede al deshoje de las mazorcas con ayuda del tipidor (punzón), mientras se va apostando a las mizhas en el afán de aliviar el cansancio de los cosechadores. Consiste el juego en dar con un grano azulado, al azar, en una mazorca deshojada. Resuenan entonces los gritos de victoria de la persona afortunda:
-¡Mizha!, ¡Misha! Y se paga la apuesta.
Conforme avanza el deshoje, los hombres van acumulando la calcha (forraje seco de cañas y hojas de maíz) en un sitio aledaño. Se forman así las parvas que alimentarán al ganado cuya majada servirá de wano o fertilizante natural que pondrá a punto la tierra para el nuevo ciclo de cultivo que empezará en septiembte. Al finalizar la faena, cada participante está en derecho de migllar (llevar consigo en el delantal, en la pollera o en el poncho una pequeña cantidad de la cosecha). De este modo, entre la preparación del terreno, la siembra y la cosecha ha transcurrido la experiencia existencial de la familia campesina en los pueblos de la serranía, un rasgo cultural que aún sobrevive en algunos pueblos del Azuay y del Cañar.
Este comentario hace referencia a una de las partes del libro SARAMAMA. La cultura del Maíz, Universidad de Cuenca, 2023, de Carlos Álvarez Pazos, infatigable y severo investigador de las raíces cañaris e incásicas que sustentan el modo de ser de la población ecuatoriana indomestiza. A través de la exploración en la lengua kichwa, el autor nos aproxima a un mundo, a una cultura, a una identidad que surgen de la interrelación entre la tierra, el cultivo de maíz y el ser humano; una obra de suma utilidad a la que es preciso acercarnos no solo para entender, sino para entendernos.