por: Rolando Tello Espinoza
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| Las majestuosas araucarias que escoltan el monumento al héroe Abdón Calderón, mutilados y disminuidos, estarían inevitablemente condenados a la extinción. |
Los ocho imponentes árboles del centro histórico de Cuenca descienden de especies milenarias de la época de los dinosaurios. Luis Cordero los trajo de Chile en macetas y los trasplantó para que fueran testigos seculares de la expansión y la vida de la ciudad (1)
Las araucarias viven hasta mil quinientos años, pero las del parque Calderón sufren prematuro envejecimiento, acaso por su origen migratorio al medio extraño. El propio Cordero en su libro Enumeración Botánica, apuntó: “Lástima será que el curso del tiempo les imprima aquel desagradable aspecto de ancianidad que suele deslucir tan admirable planta”. Registradas como araucaria excelsa, las ubicó en torno a la pileta de escudillas para uniformar las ramas con la fuente ornamental de mármol, pues la especie, conífera, es también nominada pino de escudilla.
Cuando sembró esos hijuelos la ciudad aún no tenía veinte mil habitantes y hoy pasa de 500 mil. “Las plantas sienten, oyen, se estresan y enferman como todos los seres vivos y aún más, si están cautivas en un sitio que no es propio”, según dijo el director de parques y jardines Ernesto Lovato, cuando en 2001 se remodelaba el parque Calderón, antes Plaza de Armas. Él sustituyó a su padre, José Nicanor, que entre 1923 y 1966 vio el lento crecer de las araucarias.
Otro testigo, Rosendo Morocho Quichimbo, entonces de 86 años y hace varios años muerto, jardinero municipal hasta jubilarse, cuidó a las araucarias de 1948 a 1980. De las semillas sin germinar no nacían plantitas nuevas, pero halló un brote y lo llevó con mucho cuidado a su propiedad en la loma Chaguarchimbana, tras la Universidad del Azuay. Hoy, casi cincuentón, ese árbol esbelto, en plenitud de vida, se eleva más de veinte metros. Desde su entorno son visibles los pinos del parque, sus progenitores.
Los primeros síntomas del deterioro vegetal datan de finales del siglo XX, desde cuando las ramas se resecan y caen. Los expertos combaten a una plaga desconocida con fumigaciones y poda, esperando que nacieran ramas nuevas. Algo está controlado el mal, pero no se lo ha erradicado y en la actualidad los árboles lucen mutilados el tronco en lo alto, con la dudosa esperanza de que nacieran retoños sanos. La frondosidad se ha enrarecido por la poca separación entre los ocho árboles, sin espacio para expandir las copiosas ramificaciones yuxtapuestas.
Para el anticipado envejecimiento se añadiría la ubicación en el centro más activo de la ciudad, afectado por la contaminación de gases combustibles, el bullicio, las inevitables concentraciones por festejos, desfiles, marchas de protesta, los juegos pirotécnicos y, de vez en cuando, el humo asfixiante de las bombas lacrimógenas.
Del género de las araucarias hay alrededor de veinte especies en Chile. Es la planta nacional de ese país, con más de 250 mil hectáreas de bosques amenazados de extinguirse por incendios, explotación maderera o la ampliación de las fronteras agrícolas. Alcanza hasta cincuenta metros de altura, el tronco perfectamente recto, hasta de cuatro metros de diámetro en la madurez. Se calcula que en tiempos de la conquista española las araucarias ocupaban más del doble de la actual superficie en Chile. También hay bosques en Argentina.

Imponentes como la catedral nueva, los árboles sobresalen en el centro del parque principal de la ciudad, pero se aprecian los estragos por la mutilación de los troncos en lo más elevado de su coronación.
Para el pueblo mapuche es vegetación sagrada. En tiempos de verano la gente le pide permiso con rituales para cosechar sus frutos comestibles a los que se les adjudica poderes mágicos, medicinales y espirituales. Es venerado por esa cultura milenaria y a su sombra se ofician matrimonios o celebraciones tradicionales. Fósiles de araucarias datan de 150 a 200 millones de años, cuando compartían la existencia con dinosaurios de épocas glaciares.
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| Pino descendiente de los árboles del parque, que el jardinero Rosendo Morocho sembró en su propiedad, en la loma Chaguarchimbana, hace más de cuarenta años |
Además, integran un ecosistema de convivencia con aves, insectos, mamíferos, reptiles y vegetación colonizada desde tiempos inmemoriales en sus ramas y el entorno, del que también es parte el ser humano. Esto explicaría el desarraigo de los pinos implantados hace 150 años en un medio distinto, pues hasta los pájaros en los nidos les serán extraños. En siglo y medio no han podido reinsertarse y padecen los estragos de sentir sus raíces exiliadas en tierra ajena, sin la esperanza de vida de sus congéneres longevos en los bosques nativos.
Han perdido verdor y espesura, pero siguen en pie, en el corazón urbano evocador de historia, desde donde la ciudad irradia su belleza y su fisonomía. Su desaparición sería dolorosa para los cuencanos habituados al simbolismo de su majestuosa imponencia. El deterioro vino, coincidentemente, cuando de los agricultores que los cuidaban, fueron a mano de botánicos especializados, ante los cuales perdieron un vínculo biológico más natural.
Partícipes de un siglo y medio del vivir y morir de los cuencanos, a su sombra fueron coronados los poetas mayores, charlan y descansan los jubilados o posan encantados los turistas para las fotos del recuerdo. A su alrededor son vecinos los templos más importantes, las oficinas de autoridades principales, edificios de singular arquitectura y, a sus pies, jardines que convergen al centro del parque de la ciudad patrimonio cultural de la humanidad. Ojalá aún fuera tiempo para aliviar las dolencias que embargan a estos árboles y prolongar su vida patriarcal en los siglos venideros. Sin adatarse al extraño mundo, son personajes emblemáticos de un pueblo que se encariñó con ellos y los injertó a su identidad y a su destino. La municipalidad cultiva araucarias similares en invernaderos y quizá, más pronto que tarde, se los trasplantará al centro del parque Calderón, para sustituir con árboles nativos a los viejos ejemplares traídos de otra tierra.
(1) Luis Cordero (1833-1912), literato, político, legislador, botánico, fundador de la Universidad de Cuenca en 1867, presidente de la República (1892-1895), Rector de la U. de Cuenca (1911-1912). Poeta coronado post mortem en 1917, en su homenaje hay un monumento en el parque con su nombre.

Plaza de armas de Cuenca anterior a la siembra de las araucarias traídas de Chile por Luis Cordero en 1875. Se ve la pileta de entonces al centro con sus chorros de agua.

En 1920, al conmemorarse un siglo de independencia de Cuenca, los pinos de cuarenta y cinco años superaban la altura de los edificios en torno al parque en el que una década después se levantaría el monumento a Abdón Calderón.

