Crespo Toral fue presidente municipal de Cuenca en 1926 y rector de la Universidad de 1925 a 1939. De esa época son los fragmentos reproducidos por su actualidad de criticar la gestión pública centralista, el discrimen en los recursos y en obra pública para la región sur ecuatoriana. Ojalá fuera un referente para que el nuevo gobierno enmendara el trato injusto que a lo largo de la historia el poder central ha tenido hacia esta parte del país. Y para que autoridades locales tomaran conciencia de su obligación de reclamar con dignidad y valentía para que se atienda a los pueblos que los eligieron. En vialidad, lo de un siglo atrás es de conmovedora vigencia. El documento tiene valoraciones geográficas y humanas, con el pulcro estilo del intelectual cuencano prominente en el pensamiento y las letras ecuatorianas de su tiempo y de la historia. Es un discurso ante autoridades del país, por las celebraciones del 9 de octubre, en años siguientes al centenario de la independencia de Guayaquil. Está entre los ensayos del autor con el título La Independencia de Guayaquil y Cuenca, recogido en el volumen La Conciencia Nacional y otros estudios sobre Historia, publicado por Biblioteca Grupo Aymesa Nro. 11 (1994)
La naturaleza nos entregó juntos a la vida; por la espina dorsal de los Andes estamos unidos, y ni los cataclismos geológicos, ni el torbellino de las humanas locuras pueden separarnos jamás. Esa cordillera azul que cierra el horizonte hacia el Oriente, por donde os viene la alegría del sol y la tristeza de la luna, es cordillera del Azuay, sobre la que vuestros hermanos ven desde lejos las últimas ráfagas del incendio de la puesta del padre del día en el mar y la despedida del astro de los amantes en la soledad nocturna…
¡Sea, hoy como ayer y como será siempre, amante y solemne nuestro tributo de admiración, nuestro culto de honor a los patricios libertadores, al pueblo que se emancipó, y desligó de los primates y los señores de la Colonia; a los mártires que dejaron en las pendientes de la aciaga verde colina su sangre, para riego perpetuo de Independencia; que tan tarde habrá de venir en espíritu y en verdad… ¡Guayaquileños! Han pasado más de cien años y al través de este largo espacio: ¡cómo es doloroso, ver la mala suerte de los hermanos de la misma familia, para quienes la emancipación ha tenido suerte distinta. La naturaleza, la vanidad de la República, la injusticia de los hombres, han destruido las dos líneas paralelas que comenzaron en la marcha triunfal hacia la conquista de los tesoros de la libertad. La independencia para ser total, ha de significar redención. Salida de la tutela del soberano español, ha debido importar mejora, no retroceso. La convierte en independencia económica. ¡Conciudadanos! Muchos no gozamos de ella al presente; y en la misma mesa donde preside la soberanía republicana, siéntanse algunos comensales cubiertos de harapos.
Las comunicaciones son la vida; una región que no las tiene suficientes y adecuadas a su bienestar padece de parálisis. El Azuay, al que no le divide del Guayas sino una muralla poco extensa de montaña, el Azuay que demora a menos de cincuenta millas del mar; sigue encerrado en la prisión de sus montañas, y la vía de hierro, la vía civilizada que se principió en papeles oficiales desde 1904, apenas estima tentativa. Los fondos creados y los descentralizados han tomado en veces el rumbo de la disipación. Las obras no fueron obras sino alcances para los despilfarros de ciertos políticos de altura.
Señores. Vosotros los primogénitos de la República, los que presidís, los que levantáis palacios y gastáis voluptuosamente para los encantos de la vista, acordaos que los de Cañar, del Azuay, de Loja: cosa de medio millón de compatriotas viven como vivieron los colonos, caminando en veces por veredas contra las que se rebelan hasta las bestias salvajes. Sin comunicación no circula la vida, no circulando, a veces cunde la mala hierba del regionalismo, y se aprende a odiar a los opresores que administran los dineros públicos.
Vosotros sois ejemplo de benevolencia, vuestro corazón se abre a los estímulos de la simpatía, os vence la blanda tiranía de la compasión, y disipáis hermosamente en los canales de la caridad. Haced justicia! Ved que se cumplan las leyes, que se guarden los sagrados dineros y que se emplee la hacienda primero en la necesidad y segundo en la utilidad. El lujo de los gastos resulta risible en la pobreza de la nación.
Antes que los palacios escolares, y los de recreo, y los de ostentación ridícula de un pobre, haced las obras de saneamiento que importan la conservación de la vida. No seamos locos: lo es un desnudo que se cubre la cabeza con un sombrero de seda.
La mayor locura de la política trasciende a los fondos públicos, los fondos son los cimientos, que la hacienda es el cimiento de la ciudad. La avaricia que los guarda estérilmente, la disipación que los desperdicia, el desconcierto que lo emplea en lo innecesario, invierten el orden, trastornan las relaciones y hacen la infelicidad de la nación.
Señores! Llegue a vuestro corazón, al alcázar del crédito, el arca de vuestros honrados ahorros, la voz de vuestros hermanos del Interior que os piden justicia, que os piden generosidad, confiados en que vosotros sentiréis inspiración de esos númenes protectores.
En vosotros está; y veréis como en poco espacio los que estamos pared de por medio, nos sentaremos felices en torno a la misma mesa para celebrar juntos el banquete de la civilización, al que estamos llamados todos los hijos de la Patria como hermanos de la misma familia.