Cuántas dificultades y tropiezos, incluso fatales, podrían evitarse si desde niños reflexionamos sobre la importancia de tomar buenas decisiones, si trabajamos en nuestra autoestima, nos empoderamos y valoramos al otro, somos distintos pero iguales, solidarios, nos interesan nuestros derechos, pero también los de los demás…
Abrimos los ojos al despertar y empezamos a tomar decisiones. En ese proceso habrá algunas que no cuestan mucho esfuerzo, otras quizá son difíciles, pero, en definitiva, de lo que hagamos o dejemos de hacer, dependerá que alcancemos lo que nos hemos propuesto ejecutar ese día, se producirán recompensas en nuestro interior, satisfacción y alegría, lo logramos. Percibimos que no todos los días tenemos la misma energía, habrá otros en los que la rutina gobierne nuestras ejecutorias, no hay sobresaltos, nada sorprende, no nos activamos, no queremos actuar.
Desde niños socializamos en la escuela y en el barrio, nos relacionamos, observamos comportamientos, algunos los replicamos, otros no, somos conscientes que podemos influir, fortalecemos nuestra curiosidad pero no preguntamos todo, nos achola poder caer en el ridículo, a veces preferimos quedarnos con las preguntas antes que con las respuestas, luego se nos olvidan, recordamos lo que nos impresionó, empezamos a imitar, nuestros gustos se van desarrollando, sentimos que vamos cambiando, la lógica empieza a ser parte de nuestro razonamiento, ya no comemos cuento, cuestionamos, alegamos, reflexionamos, afianzamos nuestros valores, distinguimos la importancia de algunos que van destacándose en nuestra vida y marcan líneas rojas al momento de tomar decisiones, los jerarquizamos, aprendimos cuándo es preferible no decidir y en qué circunstancias es mejor hacerlo, nos contamos, me cuestionan, sálvese quien pueda.
El psicólogo estadounidense Stanley Milgram, afirma que los primeros veinte años de la vida nos pasamos funcionando como un elemento subordinado en un sistema de autoridad, padres, profesores. Si no cuestionamos, seguir en esta zona, facilita y simplifica lo que debemos hacer, terminaremos ejecutando lo que ellos dijeron que hagamos, en ocasiones responderemos que apelamos a su experiencia, y eso quizá nos da seguridad, hemos llegado entonces, a confiar ciegamente en las opiniones y juicios de las figuras de autoridad. Me pregunto, cuántas dificultades y tropiezos, incluso fatales, podrían evitarse si desde niños reflexionamos sobre la importancia de tomar buenas decisiones, si trabajamos en nuestra autoestima, nos empoderamos y valoramos al otro, somos distintos pero iguales, solidarios, nos interesan nuestros derechos, pero también los de los demás, valoramos el tiempo, no corremos, a veces con prisa y en otras con pausa, no hay absolutos, queremos ser buenas personas, en eso estamos, ayúdame a lograrlo.
La Royal Society, academia científica del Reino Unido tiene un lema, no aceptes la palabra de nadie. La expresión fue elegida en 1660 como advertencia para resistir el dominio de la autoridad y nos invita a verificar y contrastar todas las afirmaciones; el consejo, debemos centrarnos más que en el mensajero, en el contenido del mensaje.
La coherencia es buena consejera, nos recuerda que la palabra con la acción están unidas, nuestros valores, principios y creencias no pueden quedar a un lado, soterrados, en la toma de decisiones o roles que nos demandan las circunstancias individuales o colectivas, si por ejemplo, votamos por una Constitución y estamos de acuerdo con esa ruta política y jurídica que trazamos como país y sociedad, el momento que nos toca decidir si defendemos o no los valores, principios y derechos que ayudamos a construir, debemos ser consecuentes con lo que valoramos como importante, no acomodarnos a opiniones y juicios de autoridad que defienden intereses en perjuicio de la vida.
Pienso en los abogados que interpretan la ley y la acomodan a capricho de lo que quiere escuchar la autoridad que les nombró en un cargo, hacen de lo blanco negro y no se inmutan ante tanta desfachatez. También pienso en los políticos, que el momento que ejercían cargos públicos aplaudían las decisiones a pretexto que es bueno para la economía del país, luego, cuando dejaron de ser figuras públicas que tanto ego y vanidad derrochaban, declaran a la faz pública que defienden y respaldan una posición popular, de la gente, del conjunto de la sociedad, ya no de la autoridad de turno, porque ella no representa sus intereses, quieren dar lecciones de lo que carecen, su falta de empatía cuando están saboreando la miel del poder, ahora la quieren remplazar con sintonía popular.