Ciudad no es únicamente el centro urbano con sus templos, monumentos y calles bien trazadas; lo son también -lo eran- los amplios sectores aledaños de horizonte despejado, de atardeceres alegrados por el canto de los pájaros y el rumor cristalino de los ríos.
Como en reiteradas ocasiones, la ciudadanía cuencana ha decidido alzar la voz de alarma contra proyectos mineros que, entre otros posibles desastres, contaminarían el agua que se consume en la ciudad. En buena hora viene esta reacción, porque solo el reclamo solidario y las acciones de protesta lograrán frenar la ambición de empresas nacionales e internacionales que buscan la oportunidad para incrementar sus réditos, sin tomar en cuenta la suerte de la población.
Pero hay otros reveses acaso inadvertidos, que fueron expuestos en un comentario anterior, referido a dudosas señales de progreso; entre ellas, la fiebre incontrolable de edificar. Para ello se han ocupado espacios donde reinaban árboles añosos y plantas que engalanaban el paisaje y brindaban sombra a los paseantes. Ciudad no es únicamente el centro urbano con sus templos, monumentos, calles bien trazadas; lo son también -lo eran- los amplios sectores aledaños de horizonte despejado, de atardeceres alegrados por el canto de los pájaros y el rumor cristalino de los ríos. Cerca de sus remansos las familias se acogían para las distracciones semanales.
Evocaciones pasadas de moda, se dirá. Ciertamente, así es; pero resulta necesario percibir a tiempo los problemas que pudieran llevarnos a perder la fisonomía urbana secular para convertirla en uno de los tantos centros poblados de este mundo, intransitables, caóticos, ruidosos. En tal sentido, no parece desfasado añorar el embrujo con que la naturaleza modeló la manera de ser del habitante cuencano y la de quienes aquí se han afincado, atraídos por la jovialidad del vecindario, por la atmósfera de aire transparente, por las oportunidades de trabajo; en fin, por la variedad de ofertas culturales.
A quien no anduviere contagiado de indiferencia, le horrorizará ser testigo de las compactas humaredas que con frecuencia opacan uno u otro tramo de las colinas ondulates que corren desde el sur hasta la pequeña depresión que acuna a la iglesia de Turi, con su torre vigilante ya perdida entre las edificaciones que se cuelgan al barranco. En los testimonios fotográficos captados en la primera mitad del siglo XX, dichos collados se muestran desnudos de todo indicio de vegetación, laderas ásperas, rocosas, grises. Al no existir elementos de contención -como los árboles-, las quebradas se desbordaban desde las cimas en las fuertes tempestades e inundaban de lodo y oscuros sedimentos los caminos, las viviendas, las zonas bajas del sector.
¿Qué iniciativas se propusieron para evitar esos desatres? A finales del siglo anterior, alumnos de segunda enseñanza contribuyeron a dar una respuesta poco valorada, pero muy digna de recordación. En una actitud de temprano compromiso se sumaron a la tarea de arborizar las colinas en los flancos pedregosos que miran al centro de la urbe. Acompañados de sus maestros, muchachas y muchachos de sexto año de colegio ascendían al lugar los fines de semana para contribuir a la roturación de los peñascos, a llenar de tierra fértil las horadaciones practicadas y a concluir la grata experiencia juvenil sembrando pequeñas matas que no tardaron en crecer como árboles airosos, desafiando a las tormentas. De esta suerte, pasados algunos años, las áridas laderas se cubrieron de un tupido bosque de verdura, suavemente acariciado por los vientos; un muro de verdor que ha controlado la erosión y ha purificado el aire que circula de un extremo a otro del gran valle donde crece la ciudad.
Pero es preocupante que un área de ese muro vegetal de contención sea el que estalle de cuando en cuando en llamaradas. La densa humareda se exiende sobre el paisaje urbano. Al cabo de poco tiempo hacen su aparición como por arte de magia los tejados. Son los proyectos habitacionales que trepan por la colina, asentados justamente allí, sobre el punto de la naturaleza abatido por el incendio forestal.
Quienes tomaron parte como estudiantes del último año de bachillerato en la arborización de esa zona, seguirán probablemente con la vista esos fuegos, desde la inevitable distancia espacio-temporal, sorprendidos de constatar la prisa con que las nuevas urbanizaciones van borrando el esfuerzo con que ayer se empeñaron en pintar de color de la esperanza aquellas pendientes escarpadas.