
Leonardo Jara, pincel en mano, colorea una de sus creaciones artísticas en su taller montado en su residencia en Connecticut, Estados Unidos.
La historia de un cuencano cincuentón que la mitad de su vida ha dedicado en Estados Unidos a trabajar en lo que le gusta, para alguna vez regresar en plan de solaz y descanso cómodo a completar la otra mitad de su vida
La aventura migratoria valió la pena para Leonardo Jara Campos. En 2000 los coyotes le llevaron a Estados Unidos por selvas de Colombia y Centroamérica, en tres meses de caminata, hasta pasar a escondidas la frontera de México. Eso es anécdota, pero no olvida que a mitad del camino lo abandonó el coyote y debió buscar otro para cumplir su destino.
De veinte y seis años, Leo tenía experiencias para sustentar sus proyectos en su nuevo mundo: al terminar la escuela aprendió serigrafía en el taller de Jaime Jara, su padre, para hacer estampados, vallas publicitarias, banderines y cosas por el estilo. También se había enrolado por años en empresas artesanales donde pintaba al pincel jarrones de cerámica, decorados, o colocaba sellos en uniformes deportivos.
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| El artista con su atuendo habitual de chef |
Su ambición era ir lejos. Por eso, de pronto, estuvo de cajero en un restaurante de Connecticut, primer escalón de aprendizaje del inglés, alternando con la lavandería de platos, pequeños ascensos por la cocina, áreas de freidores, asistente del manager y manager mismo.
En su cuarto rentado de residencia colgaba sus acuarelas con templos, paisajes, animales silvestres como las curiquingas, o retratos de personas de Cuenca, su ciudad ecuatoriana de origen. Alguna vez una amiga admiró sus capacidades artísticas y se empeñó en conseguirle espacio en un local de exposiciones, cuyo propietario le abrió las puertas. Y allí colgó y vendió además reproducciones de obras de Oswaldo Guayasamín, pintor ecuatoriano de fama internacional.
En 2008 Leonardo ya era popular en Connecticut y estados vecinos por sus destrezas culinarias y artísticas, de pulidas técnicas, que incluían el acrílico para producir relieves. Entonces participó en una exposición, con jurado, con el cuadro “La Iglesia de Cotacachi”, y obtuvo el segundo premio, de 700 dólares. Más que el dinero le atraía el renombre que le estimulaba a seguir ejerciendo el oficio de artista, sin abandonar los instrumentos culinarios.
Los Shows de Pintura son atractivos en esta parte de Estados Unidos y Jara participa en ellos constantemente. En una de estas recientes exposiciones estuvo con cuatrocientas artistas, adornando con boyas decoradas de diversos temas, un árbol navideño gigante en el que presentó pinturas de mariscos y langostas dibujadas en esas boyas simbolizando las jaulas tradicionales en las que los pescadores guardan las piezas capturadas en los fangales de la orilla marina.
El artista-cocinero está ocupado siempre. Mientras al comienzo se contentaba con uno o dos Shows de Pintura al año, ahora llegan hasta a treinta por año. Un caso especial es el Essex Steam Train: un tren a vapor de tres vagones, para 140 ocupantes que disfrutan de un paseo de cuatro horas con paradas en estaciones donde se reparten comidas exquisitas. Leonardo las oficia de Chef en este programa turístico y siempre un decorado de su arte pictórico está en alguna parte.
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| Faceta especial del pintor que colorea vistosamente a una modelo |
El migrante ecuatoriano es hombre próspero, más aún, cuando el Inglés es su segundo idioma. También ha entablado relación con artistas de Connecticut y otros estados. Uno de sus afines es el mexicano Oscar Yáñez, que montó el restaurante La Llorona, decorado con grandes murales de sitios emblemáticos de la tradición mexicana, que Leonardo los ha pintado en acrílico sobre grandes planchas de PVC. Estos soportes permiten la movilidad de los cuadros gigantes a otros sitios.
Y eso tampoco es todo lo que se puede conocer de Leonardo Jara Campos. Desde la infancia gustaba de la música y cantaba en el templo María Auxiliadora de la Cuenca nativa. Y ahora, integra dúos y tríos con amigos que se acoplan a su requinto para tenidas de música tropical, merengues, salsas y más géneros que pide y reclama el público en las reuniones. Paúl Gálvez es otro amigo, peruano, con el que desde hace varios años ofrece actuaciones bajo el nombre Latim Mix. También enseña música a los niños del vecindario.
“Si uno no ser arriesga, no pasa el río”, dice el polifacético artista y trabajador ecuatoriano que, atravesando los senderos clandestinos de la migración, fue a realizar su vida y su obra en lejano y buscado destino. En los 25 años desde que se aventuró por la migración clandestina, no ha vuelto al Ecuador. ¿Vendrá alguna vez? Él cree que sí, pues para eso está “cuidando el cheque…”

Mujer con atuendos típicos, rodeada de cestos de mazorcas de maíz y productos de la cocina ecuatoriana.

