¿En dónde explotan los horrores de la contienda aérea? No lo hacen en un campo de batalla; se abaten sobre barrios y sectores atestados de habitantes anónimos que mueren sin tiempo para un grito o una plegaria

El conflicto entre Irán e Israel ¿llegará a desencadenar una conflagración de inimaginables consecuencias, de la que solo sobrevivirán las cucarachas? Antes de que ello suceda, bien vale un brevísimo monólogo, cuando los gobiernos de ambos pueblos se lavan las manos apelando a las antiguas escrituras para justificar lo injustificable: las masacres, crímenes de lesa humanidad; no estrategias. Las bombas que caen desde el cielo y matan sin discrimen ¿llevarán ya estampado el consuelo de un versículo?

¿Qué hace la mayor potencia planetaria? Los bombardeos se intensificaron con su intervención en favor del estado judío. ¿Será que la sed de petróleo no se aplaca con el de Venezuela? ¿Será comedimiento? ¿Será porque pertenecen al pueblo elegido por Yahvé quienes manejan las finanzas alrededor del globo? ¿En dónde explotan los horrores de la contienda aérea? No lo hacen en un campo de batalla; se abaten sobre barrios y sectores atestados de habitantes anónimos que mueren sin tiempo para un grito o una plegaria. Víctimas propiciatorias, sacrificadas por el furor insano de ideologías de arraigo religioso, sirven para encubrir secretos ya inocultables. Pero hasta ahora representan apenas un número povisional en los cuadros estadísticos. A la postre, la victoria final dependerá de la mayor cantidad de muertos que provoque uno de los despiadados contendientes.

¿Qué ha motivado la guerra entre las dos culturas? Ambas responden a distintas tradiciones milenarias; pero guardan también abismales diferencias como estados soberanos. La historia territorial de Irán es anterior con cerca de tres mil años al establecimiento del estado judío -por mandato de la ONU- en tierras palestinas, hace solo setenta y ocho años, con una población fundacional menor al millón de habitantes.

¿En dónde acoger a la oleada de inmigrantes que a partir de aquella fecha han llegado a la tierra prometida desde todos los puntos cardinales de la diáspora? Israel no demoró en hallar la solución: adueñarse por la fuerza de los espacios ajenos colindantes. A esta operación inicial se han sucedido
otras que acarrearon nuevas confrontaciones, cada vez más encarnizadas, en las cuales sus ejércitos han salido siempre victoriosos.

¿Cuál debió de ser entonces la reacción de quienes habitaban en las zonas ocupadas? ¿Ofrecerle cordial bienvenida al invasor? Tampoco que los agredidos por la fuerza de las armas permanecieran cruzados de brazos y miraran para otro lado. Sin duda, habrá respuestas razonables que permitan entender globalmente la naturaleza del conflicto.

En este oscuro contexto sobrenada la irracionalidad. Desprovisto de una elemental sensibilidad humana, el líder norteamericano se ha ufanado una y otra vez, a la distancia, por las vidas segadas a control remoto y ha prometido acabar con Irán. Pero resulta que no fue investido de poder para que ponga a prueba la eficacia del arsenal bélico, apoyando a la barbarie. Cegados por la millonaria propaganda, quienes lo sentaron en el gobierno, mediante un acto legítimo de ejercicio democrático, no suponían que su personaje los traicionaría debido a la avanzada edad, afectado de un incurable desarreglo, rayano en paranoia. Esta afección es la que hace actuar y hablar a quien ya nada tiene que perder en este valle de lágrimas, porque se encuentra fuera de la linde del recambio generacional que ha marcado el pulso de la humanidad a lo largo de los siglos. Pero es una lección aprovechable para su pueblo y para los pueblos de la región: el peligro de entregar el timón de la nave estatal a candidatos ya seniles, tanto como es aventurado hacerlo en manos de personajes novatos.

¿Cuál será el final del conflicto? La guerra que a su vez resulta religiosa, territorial y petrolera, seguirá su curso, recogiendo en las calles la cosecha de muerte, hasta que algún día no lejano los seguidores de Alá y los de Jehová logren ponerse de acuerdo y acepten la realidad no en los versículos de los libros sagrados, sino en las fronteras siempre convencionales de la realidad. Entre tanto, hasta el momento de concluir esta columna, parece que la potencia bélica más poderosa del planeta que tanto proclama el señor Trump, se ha encontrado con otra, igualmente poderosa: la nación conducida por quienes se suponía extemporáneos ayatolas.

Suscríbase

Suscríbase y reciba nuestras ediciones impresas en su oficina o domicilio llamando al 0984559424

Publicidad

Promocione su empresa en nuestras ediciones impresas llamando al 0999296233