Compuso cientos de melodías alegres o tristes que casi un siglo después no dejan de evocar un pasado con raudales de imágenes coloridas, movimiento de polleras campesinas o relámpagos fugaces de los fuegos artificiales que animan los festejos populares y los acontecimientos tradicionales de la morlaquía

En tiempos postreros de su vida abandonó la música y gustaba jugar solitarios de naipe.
La Chola Cuencana es canción inevitable en las fiestas populares o en las celebraciones oficiales de Cuenca, desde hace más de ochenta años. El pasacalle desbordante de alegría lo compuso en 1949 el maestro Rafael Carpio Abad, nacido el 23 de octubre de 1905, quien muy niño acompañaba a Joaquín, su padre, maestro de capilla, para ver y oírle teclear el melodio en los templos.
La gente disfruta y baila la pieza que no pasa de moda. En los festejos de abril y noviembre, para conmemorar la fundación y la independencia de la ciudad, la musiquilla alegre y sabrosona resuena entre saltos y aplausos de los bailarinas en plazas públicas o eventos que siempre terminan con el estruendo de la melodía cuya letra y música guarda la memoria colectiva con raíces más hondas que las del himno oficial de la ciudad.
La gente goza con la canción, sin recordar su origen y quizá ni el nombre del autor que la interpretó por primera vez esa noche de 1949, cuando hacía un programa musical vivo en radio El Mercurio y se le terminó el repertorio. Entonces improvisó la Chola Cuencana, que días y noches bullía por su cerebro y movía sus manos por el piano. Fue un éxito y de inmediato el son contagió al público que lo entonaría hasta los presentes días. La letra del pasacalle escribió el poeta Ricardo Darquea Granda, “pero la gente baila mi música y no su letra”, diría el compositor ya avanzado de años, aclarando una discrepancia con el literato.
¿Y quién era Carpio Abad? Vale recordarlo con honores en este mes, cuando Cuenca conmemora su fundación española ocurrida el 12 de abril de 1557. Rafael quedó huérfano de nacimiento, pues la madre murió al darle a luz. Le cuidó una empleada de familia, especialmente cuando el padre madrugaba a tocar las misas en las iglesias. Un día la doméstica jugaba con Rafaelito de menos de un año, lanzándole al aire para cogerlo en brazos, pero se le fue de las manos y cayó al piso, derrengándose para siempre. Desde entones sería el Sucho Carpio, como fue llamado con afecto toda la vida y es recordado.

Fragmento de la partitura de la Chola Cuencana, se aprecia la perfección de los signos musicales escritos de su puño y letra.
Hijo último de un escuadrón de once niños, sufrió penalidades en la infancia y aprendió a vocear periódicos, fue aprendiz de sastre, hojalatero y tejedor de sombreros de toquilla. Con la música en la sangre, no dejó de acompañar al padre, haciéndole dúo en las veladas religiosas, en los responsos fúnebres, en las fiestas familiares o de enteche de las casas. Pero al hacerse joven descubrió que esa música no le permitía ganarse la vida y se aventuró a Guayaquil, cojeando con su bastón, pues sabía de la existencia de una tía que pronto le despidió porque no quería saber nada de parentelas.
Tres años sobrevivió en Guayaquil, pero convencido de que la música sería la causa de su vida, retornó a Cuenca a matricularse en el conservatorio, donde fue aprendiz feliz de los maestros José María Rodríguez, Luis Pauta y Francisco Paredes Herrera, entre otros, que llenaron su cabeza de pentagramas y adiestraron sus manos sobre las teclas y las cuerdas de los instrumentos. Vivía los mejores años de la juventud, alternada con el oficio de maestro de capilla, de cantor de serenatas al pie de balcones de las casas de enamoradas ajenas y de aprendiz de creador musical pronto a consagrarse.
También aprendió a enamorarse y muy inspirado compuso un fox incaico dedicado a una amiga llamada Rosa. La pieza la llamó Rosas y Espinas y es parte inicial de un largo repertorio de centenares de creaciones. Luego sintió pasión por Luz, joven a la que dedicó el pasillo Chorritos de Luz, luego de frustrarse porque ella presionada por los padres se casó con otro: Tú vives siempre alegre, yo vivo siempre triste /Mi pena y tu alegría castigo son de Dios/ Por qué le diste a otro esa alma que fue mía. Por qué yo di a otra mi agonizante corazón, dice la canción, escrita por el poeta Agustín Cuesta, al que confesó su desgraciado amor, canción que resonaría en el país, muy popular en esos tiempos de sensibilidades románticas que aún evocan las gentes bien mayores.
Rafael, admirador del presidente Galo Plaza Lazo (1948-1952), le dedicó un pasodoble al que nominó Olé Torero, que gustó tanto al mandatario aficionado a los toros, que mandó a que lo interpretaran las bandas militares de las ciudades a las que él las visitaba.
El autor de cientos de boleros, pasillos, sanjuanitos, danzantes, villancicos, canciones religiosas e himnos para muchos pueblos, con fama lograda en el Ecuador y países vecinos por los que caminó con su bastón, sin tropiezos, al fin se enamoró definitivamente de una joven llamada Sabina, cuando sus padres le invitaron a que alegrara una recepción con su música. Él se hizo el olvidadizo del melodio con el que animó el festejo, para ir el otro día a retirar su instrumento y confesarle su perdido amor a Sabina Mogrovejo, con quien acabaría en matrimonio para que fuera la madre de sus hijos.
Carpio fue hombre de buen humor y en sus tiempos de fecunda producción musical trabó amistad con los más representativos literatos y hombres de cultura de Cuenca. Ejerció de profesor del conservatorio José María Rodríguez y del colegio universitario Fray Vicente Solano, en el rectorado de Francisco Estrella, quien alguna vez le mandó un oficio irónico, porque algunos discípulos estaban cojeando en su asignatura. Un periodista dijo que Carpio era el único ecuatoriano impedido de bailar la chola cuencana, y él contestó: “Yo era un excelente bailarín. Con Jorge Herrera, profesor del Conservatorio, formamos una academia de baile en la cual yo ejecutaba al piano y Jorge enseñaba los pasos de pasillos, tangos, pasodobles, boleros, etc. de moda entonces; como ambos éramos bohemios, cuando en ocasiones faltaba Jorge, me hacía cargo de enseñar los pasos y así salía del apuro, mas cuando yo incumplía no sé cómo sabría hacerlo mi compañero”.
Rafael Carpio es uno de los creadores musicales más prolíficos del Ecuador, en los más variados géneros. Decenas de sus melodías han sido interpretadas por prestigiosos cantantes, como los Miño Naranjo, los hermanos Villamar, el dúo Arroyo-Villamagüe, dúo Benítez-Valencia, Carlota Jaramillo y muchos más. La famosa Chola Cuencana es pieza eternizada del pentagrama popular ecuatoriano. El compositor recibió honores y distinciones de la municipalidad de Cuenca y de entidades culturales del país. En 1993 decidió terminar su trajín musical, cuando murió Sabina, la mujer que le inspiró en los mejores años. Entonces guardó el piano y se recluyó en su casa del barrio San Roque, frente a la calle con su nombre, dedicado a jugar solitarios de naipe, hasta morir el 11 de febrero de 2004, camino a los 99 años.