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A la izquierda el cauce pedregoso del río Tomebamba a finales de 2024. A la derecha en el mismo sitio el río crecido el 13 de abril del presente año. Son los contrastes climáticos que se repiten con mayor o menor intensidad en Cuenca.

Los condiciones climáticas han actuado caprichosamente desde tiempos inmemoriales sobre la hoya hidrográfica cuyo epicentro es la ciudad de Cuenca. Es usual que en un mismo día  alternen variables climáticas extremas

La sequía intensa del segundo semestre de 2024 y las lluvias copiosas que cayeron después y aún demoran, propasaron la tradición, afectando a la agricultura, la vialidad, el transporte, la salubridad y todas las labores cotidianas. Estas repetidas condiciones ambientales son rutina sin escarmiento. En las crisis se acude a medidas emergentes y al atemperar los problemas el olvido es otra rutina.

Noticias de crecidas destructoras de los ríos, llevándose puentes, viviendas, cultivos, animales y seres humanos, o de interminables veranos, vienen de siglos. Cuando fundaron la ciudad los españoles hace 468 años enseñaron plegarias para mitigar los rigores del clima. Es célebre la historia de San Marcial, escogido por sorteo del santoral en tiempos de sequía –como la reciente- a partir de junio y julio de 1577, para que fuese protector contra las heladas.

El primer obispo de Cuenca, José Carrión y Marfil (de 1778 a 1799), horrorizado por las crecidas del Tomebamba, ofició una ceremonia contra la furia diabólica del cauce embravecido, y bautizó al río como Julián Matadero: el nombre venía de San Julián, nativo de Cuenca de España, y el apellido, del desposte de ganado junto al río.

 Por el lago residual de la inundación los periodistas podían ir en canoa de Challuabamba al sitio del derrumbe en La Josefina. A la derecha, en el mismo sitio, el lago cubierto de lechuguines que permanecieron años hasta que el río retome su cauce..

Entre la historia, la anécdota, la intolerancia del clima, inquieta en el siglo XXI la falta de previsiones oficiales y hasta se reactiva la piedad religiosa. En lo más fuerte de la aridez climática a fines del año pasado, otra vez vino a Cuenca una romería cargando en hombros la escultura del Cristo de Girón, pidiéndole lluvias sobre la provincia calcinada, con embalses vacíos y apagones, amenazas de cortes de agua potable y epidemias gripales.

Al corto gobierno del presidente Daniel Noboa, surgido de la tempestad propia de una “muerte cruzada”, trajo complicaciones la sequía y el invierno en buena parte de su mandato, más asociaciones ilícitas adversas, la delincuencia organizada, la corrupción de la justicia y la política, las tinieblas en noches sin luz eléctrica y los días perdidos por las restricciones productivas.

La mejor manera de sustentar reclamos hacia futuras crisis del clima, es evocando episodios que pudieran repetirse si no se los toma como referentes de planificación basada en conocimientos y tecnologías surgidas, precisamente, de esas lecciones. Casos instructivos son la sequía reciente, la tremenda crecida del Tomebamba en 1950 y el desastre de La Josefina en 1993, fenómenos ocurridos en meses lluviosos de marzo y abril.

El 3 de abril de 1950 el Tomebamba salió de madre. Diario El Mercurio, al otro día, daba cuenta del hecho: “A eso de las siete de la noche cuando todavía conservaba su caudal normal, repentinamente el vecindario se vio alarmado por ruidos extraños semejantes a truenos que se escuchaban cada vez con mayor insistencia a medida que pasaban los segundos, ni siquiera minutos, porque no hubo tiempo para mayor cosa. Cuando en el sector urbano ya dentro de la avenida Escandón y del sector de El Vado, varios curiosos salieron a ver de qué podía tratarse, pero ya con la presunción de una crecida, se dieron con la enorme sorpresa de encontrar al tranquilo Tomebamba fuertemente hinchado trayendo en sus espumosas aguas enormes pedrones, árboles y animales, arrastrados a su paso al iniciarse el aluvión en las alturas. La creciente fue brusca desde el comienzo pero el volumen tomó más tarde, hasta horrorizar a los miles de ciudadanos que acudieron a presenciar la iniciación de lo que sería más tarde una catástrofe”.

El 29 de marzo de 1993 el cerro Tamuga, erosionado por la explotación de materiales para la construcción, derrumbó alrededor de 50 millones de metros cúbicos de rocas sobre el cauce de todos los ríos proveniente de Cuenca y Azogues, en el sitio La Josefina, en el trayecto Descanso-Gualaceo.

El desmoronamiento formó un dique de 400 metros de largo, 800 de ancho y 120 de alto, que retuvo alrededor de 200 millones de metros cúbicos del cauce invernal de los ríos hasta el 1 de mayo siguiente, cuando se desbordó arrasando carreteras, puentes, fábricas, viviendas y cultivos. Las aguas represadas habían inundado mil hectáreas entre las provincias de Azuay y Cañar, con epicentro en el puente de El Descanso, bajo cincuenta metros desde la calzada.

En aproximadamente diez horas se desahogó con violencia la mayor parte del agua acumulada durante 33 días. Alrededor de treinta personas habrían perecido en la mayor catástrofe hidrogeológica ocurrida el siglo XX en el Ecuador, que pudo evitarse, según estudios que no fueron responsablemente valorados.

Solo un tramo quedó del puente de El Vado luego de la crecida de 1950. En menos de una semana se levantó un paso provisional de madera para conectar el sur con el centro de la ciudad