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 Alberto Luna Tobar, sacerdote carmelina nacido en Quito el 15 de diciembre de 1923 y muerto en la misma ciudad el 7 de febrero de 2017, fue arzobispo de Cuenca por 17 años, desde el 7 de mayo de 1981 hasta cumplir los 75 años en 1998, cuando renunció acatando normas eclesiásticas 

Alberto Luna Tobar, sacerdote carmelina nacido en Quito el 15 de diciembre de 1923 y muerto en la misma ciudad el 7 de febrero de 2017, fue arzobispo de Cuenca por 17 años, desde el 7 de mayo de 1981 hasta cumplir los 75 años en 1998, cuando renunció acatando normas eclesiásticas

En una entrevista publicada en septiembre de 1981, habló de los primeros conocimientos que tenía de Cuenca y de sus habitantes al comenzar su gestión arzobispal. Destacó los valores humanos y convicciones católicas de los habitantes de Cuenca y del Azuay, así como de la íntima relación entre el hombre y el paisaje. También comentó de la dependencia azuaya al centralismo capitalino, aislante y nocivo, pese al cual la voluntad y el esfuerzo de los propios habitantes le han permitido abrirse caminos de progreso.

¿Qué opina de Cuenca y su pueblo?

Cuenca no siéndome tan conocida como hubiera querido que sea, no me fue desconocida. Sabía de sus grandes valores. Entendía el valor y el significado que Cuenca tenía en el austro y el austro en la realidad nacional. Sabía de los valores humanos y de la fe del cuencano. Pero ese conocimiento en lejanía se acrecentó en los meses que llevo de pastor por disposición de Dios y se ha profundizado y afinado. He comprendido toda la fuerza del sentido cristiano de la vida en el creyente cristiano.

Toda la fuerza liberadora, promotora, llena de energía, del azuayo, es el significado de la lejanía de la capital nacional y he llegado a comprender entre otros valores de los cuencanos y azuayos esa íntima comunión entre el hombre y la geografía; entre el espíritu y el paisaje: los ríos fluyen por el alma del cuencano. Existe una comunidad de la geografía con el destino, al punto que admirar un paisaje es descubrir almas. Quizá esto es romanticismo, pero el romanticismo no ha perdido vigencia al encontrarse estos valores. Al contrario, esta visión le libera de los prejuicios de los criterios humanos.

¿Los mayores males que aquejan a la humanidad?

Hemos llegado a una anarquía que se manifiesta en el menosprecio y crisis de los valores. Dentro de ello los más grandes problemas son la ausencia del sentido propio de nación, de familia, de institución, de quienes pertenecen a esas realidades.

Por otra parte, la tecnificación ha aislado a los hombres. Ya no se nos forma en líneas que puedan encontrarse en la comunidad y todo está basado en la dispersión de ideas, en el pluralismo de todos los órdenes, propiciado por la más fácil intercomunicación lograda por la ciencia y nos ha llevado a la indefinición en todo sentido.

En medio de alcaldes del Azuay y de ciudadanos, el prelado se suma a la protesta por la desatención a la provincia en 1999, por el gobierno.
 En medio de alcaldes del Azuay y de ciudadanos, el prelado se suma a la protesta por la desatención a la provincia en 1999, por el gobierno. 

¿Este progreso sería negativo?

Lo es, en cierta forma, porque nos hace vivir en lo mecánico. El progreso material debía surgir paralelo al progreso moral. El progreso ideológico debía ser similar al técnico.

¿La iglesia ha sido afectada por ello?

Cuando de cara al progreso del mundo y ante la ausencia de cotización de otros valores que no sean los técnicos, quiso que los creyentes se prepararan para encarar su misión en este mundo técnico, se produce la crisis más fuerte que la historia ha tenido y se ha traducido en fallas humanas de los hombres de esa iglesia, pero que se ha ido superando y conllevará a su clímax de superación, en virtud de la fidelidad de la iglesia a sus bases, a sus principios

¿Esas fallas de la iglesia inducirían a refugiarse en otras religiones?

El hombre sigue la búsqueda de encontrar a Dios. En el presente la juventud tiene un espectro de acción mayor que en los tiempos anteriores. La ciencia y los medios de comunicación, entre mil logros, tienen éste: ampliar los márgenes de la edad. La edad síquica se la mantiene por sobre la física y el hombre, rebelde a principios y a fines, busca la renovación de las instituciones que le están dadas y en esta búsqueda muchos grupos y personas están tratando de descubrir a Dios de un modo distinto que el tradicional y a veces no se dan cuenta de lo tradicional que es el nuevo modo que solo tiene el nombre de distinto.

¿De este modo distinto, puede encontrar a Dios?

Se le puede encontrar. Puede haber errores de principio, pero decir que no se va a encontrar a Dios por otros caminos sería negarle su capacidad de estar en todas partes. El peligro está en la interpretación personal, subjetiva, con la que se trata de encontrar a Dios.

¿Qué opina sobre el celibato sacerdotal?

Considero que dentro del concepto permanente de la iglesia y del servicio que tenemos los sacerdotes, el celibato es imprescindible. Consecuentemente, veo muy difícil que la iglesia cambie de actitud. Tendría que cambiar el concepto que tiene de sí misma y del servicio que tenemos en la iglesia.

El celibato no es aborrecimiento de las relaciones sexuales, sino una renuncia voluntaria para servir y libremente, sin el compromiso del amor familiar, a una Iglesia Universal

¿Pero hay sacerdotes que son padres?

Son las debilidades humanas que se producen por miles y en todos los campos. Por el hecho de que haya esposos infieles, no haremos campaña contra el matrimonio. Por algunos sacerdotes que son infieles y no son consecuentes consigo mismos, no podemos dejar de reconocer a una inmensa mayoría fiel al celibato.

¿Algún comentario sobre las guerras?

Yo soy pacifista, no creo en la guerra. Creo que valorizando la guerra, defendiéndola, hemos creado conceptos errados de valor, de valentía de honor, en todo lo que descubrimos como arsenal del hombre armado. Creo en la paz, que no es menos utópica si se la logra sin guerra que aquella que se ha logrado después de pelear. Prefiero mantener la paz sin sangre que inmolar la sangre para conseguir la paz.