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El Ecuador atraviesa por una etapa de confusión histórica: las funciones ejecutiva, legislativa, judicial, y los organismos de control están rodeados de un aura de confusión, sospechas y desconfianza. En contraste, la indiferencia parecería ser la respuesta aletargada de la colectividad ante esta realidad aceptada como normalidad.

Es una crisis del Estado huérfano de liderazgos y rumbos definidos y concretos para orientar al país con visión certera más allá de calcular las próximas campañas políticas y electorales. Súmese al panorama la presencia de gestores del crimen organizado, la corrupción y el narcotráfico convertidos en elementos de la cotidianeidad del Ecuador, desde que se abrieron las puertas al libre ingreso de tentáculos de la mafia internacional al territorio nacional.

El ciudadano común, como enfangado y al fondo de un abismo, no vislumbra una claridad para orientarse hacia una situación salvadora: la delincuencia común, la corrupción política, la desconfianza jurídica cuando a diario estallan disparos y corre sangre por las calles, no crean condiciones para el optimismo. Tanto peor, si en la práctica conviven y se confunden los protagonistas de esta realidad, sin poderse distinguir si predominan las fuerzas del poder o el poder de las mafias.

El Ecuador necesita, con urgencia, un baño de verdad, que termine con el baño de sangre que le sofoca y necesita exterminarse para refundar el país que las generaciones de hoy entregarán a las que vendrán de inmediato a pedirles cuentas.