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por: Rolando Tello Espinoza

Este 26 de febrero son cien años del natalicio de Efraín Jara Idrovo, escritor nacido en Cuenca en 1926, pionero en renovar las técnicas literarias tradicionales vigentes hasta medio siglo XX y maestro que situó a las nuevas generaciones de escritores y críticos en el horizonte contemporáneo. Su obra está en antologías y revistas especializadas. A continuación algunas experiencias humanas que instigaron su intensa creación estética

Graduado en Derecho y Filosofía, fue más un intelectual autodidacta de disciplina rigurosa en la teoría y la práctica de la literatura, enriqueciéndola con intensas experiencias personales y el contacto con la naturaleza en Galápagos, donde se refugió varias veces, solitario, en reencuentros planetarios con su propio ser.

La primera estadía en las islas fue a partir de 1955, luego de graduarse abogado y cursar tres años de Filosofía. Entonces ya tenía claro que su vida la dedicaría a la creación poética, dejando toda duda, así como los resabios de la infancia de hijo único de padres separados, cuyo hogar fueron su madre, su abuela, su tía, y alumno en planteles religiosos de rígida disciplina anuladora de la individualidad: “En el jardín, la escuela y el colegio estuve entre monjas y jesuitas, siempre entre polleras”, ironizaría ya setentón en un diálogo con el autor de esta nota.

 Efraín Jara a la entrada del Salón del Pueblo, el día en el que se le impuso su nombre. 

Bachiller en la especialidad de ciencias biológicas, previó estudiar medicina, pero no quiso castigarse más después de las torturas de años anteriores y ante la alternativa de “estudias o trabajas”, que le sentenció su madre, optó por el Derecho, porque le abría la posibilidad de incursionar en temas sociales y la literatura. Religión, aventura metafísica del hombre, fue la tesis con la que, sin ser jurídica, se doctoró en Jurisprudencia.

Y de pronto llegó a la isla Floreana, entonces de algo más de veinte habitantes, suficientes para saciar la sed con la minúscula vertiente de agua dulce que no habría permitido surtir a más gente. ¿Y por qué escapó a ese paraje?. “Fue una decisión temeraria, huyendo del alcohol, pues si me quedaba estaba condenado a ser un alcohólico anónimo”, confesó sin titubeos, ya envejeciendo.

Adolescente, conoció a un extraño poeta ocho años mayor, con quien departió tragos primerizos de bohemia intelectual. Era César Dávila Andrade, funcionario de la Corte de Justicia de Cuenca, asignado a guardianía, con una pistola al cinto, en la cárcel de varones. El personaje alternaba la ingesta alcohólica con ejercicios de yoga y meditaciones metafísicas. Hacia fines de los años 40 fue a Quito y Alberto Arroyo del Río le empleó para que paseara e hiciera mear al perro familiar, hasta que, percatado de sus aptitudes literarias, consiguió que Benjamín Carrión le empleara en la biblioteca de la Casa de la Cultura que la había creado hace poco. Dávila fue poeta admirado por Jara Idrovo, quien el 2 de julio de 1967, cuando se enteró de su suicidio cortándose la yugular, de un tajo, con la hoja de afeitar, en un hotel de Caracas, dedicó una clase entera para hablar de él a los alumnos de sexto año del colegio Benigno Malo.

 Las tortugas del archipiélago, compañeras del poeta en las islas Galápagos. 

Dos años estuvo Jara en Galápagos y regresó convertido en bebedor social a terminar la carrera de Filosofía. “La vida en las isla me enseñó a que nada pase inadvertido. Demorarse en todo, larga y pacientemente, viendo algo hasta agotar con el ojo la realidad de un objeto, de manera que uno no necesite volverlo a ver para saber exactamente con minucia o detalle cómo es. Soy mirón empedernido, tengo grabados con nitidez los corales, los pececillos de colores o la espina de un erizo en la memoria”, comentaría de sus zambullidas en el océano, cuyas fulguraciones empaparían de color y estruendo marino a su poesía.

En las islas logró un encuentro genuino con su propio ser. “De la experiencia salí con una carga vital enorme, metamorfoseado, y desde entonces he vivido de los réditos. El ambiente obra mágicamente sobre uno al vivir fuera del tiempo una existencia paradisíaca, al margen de todos los problemas, dedicado a ahondar en sí mismo. Estas experiencias enérgicas dan formas de expresión ricas, trascendentes”, decía de la producción poética de allá o de vuelta al continente.

En Floreana funda una escuela para enseñar a leer y escribir a cinco niños nativos, que a falta de pizarrón rasgueaban las letras en la arena de las playas marinas; también ofició de juez en puerto Baquerizo Moreno, aunque rara vez ocurrían demandas judiciales.

El retorno de la primera correría cósmica fue también para el matrimonio con Atala Jaramillo: “Vivir dos años solo en Galápagos me enseñó que la vida allá era imposible sin una mujer. En mi vida ha decidido más el azar que los proyectos elaborados y así se produjo mi primer matrimonio: me casé, fui con Atala a las islas y cuando estuvo encinta regresamos al continente. Luego, entre que iba y regresaba, se hizo mi familia”. Juan Cristóbal, el primogénito, nació en 1956; después Pedro (1957), Renata (1959) y Renán (1960), todos en Cuenca.

En los 60s del siglo XX Jara habita en una cabaña de tablas que llamaba “la casa de Tarzán”, en medio de sementeras, árboles de eucalipto y capulíes, en la zona aún silvestre de El Ejido, donde hoy al parecer está el centro comercial Milenium Plaza. Allí recibía a los alumnos preferidos del Benigno Malo, para prestarles libros a que leyeran a Rilke, John Dos Pasos, Faulkner, Gide Rulfo, o a jóvenes autores como García Márquez y Vargas Llosa, desconocidos por maestros locales del destiempo.

Luego de traer a la esposa encinta tornó él a las islas, para seguir sus faenas de pesca, lecturas y escribir cartas a la madre, a la esposa y a los amigos, casi todos los días. Más hizo epístolas que poesía. En ellas desborda el encanto paradisíaco de los paisajes marinos, la palpitación del océano rompiendo sus cordilleras de espuma en la arena, la vegetación y la fauna, la rigidez electrizante de las rocas por las que anda descalzo. La correspondencia incierta debe entregarla o recibirla en sitios donde las tripulaciones de los barcos las recogen o depositan en espaciosas temporadas. “La zona baja de Floreana y San Cristóbal enseña idénticos elementos botánicos: arrayanes, ´uñas de gato`, chalas, guayabillos, arbustos espinosos, matorrales xerófilos. El toque ornamental radica en el manojo de raquetas de las tunas y los inmensos tubos de órganos de los cactus donde viento y soledad conciertan sus profundas voces”, grafica con metáforas una carta a Atala, en noviembre de 1957.

A José López Rueda, español cofundador de la facultad de Filosofía de Cuenca, describe las “islas desparramadas al margen del tiempo, donde plantas y animales moldearon su ser con extraño desconocimiento del ritmo de progresión de la naturaleza. Las especies se sucedieron unas en pos de otras sobre la tierra. Aparecieron los reptiles, los grandes y estúpidos reptiles, monarcas de los bosques de criptógamas. Luego los mamíferos, pequeños e inermes al principio, destinados a señorear sobre el planeta gracias a las particulares condiciones de adaptación que les concedía la temperatura constante de su cuerpo. Por último, advino el hombre. La mano, el lenguaje, el sentimiento del tiempo fueron, entre otros, sus instrumentos de dominio y primacía. Pero en Galápagos la vida alcanzó únicamente los peldaños iniciales…” (carta de 19 de agosto de 1957).

Creador literario estricto y disciplinado, pule las palabras, las estrofas y las metáforas, como piezas de filigrana, especialmente en los sonetos. Lecturas abundantes de autores consagrados de antes y de su tiempo, más el estudio intenso de lingüística y estilística, le inducen a romper los formatos poéticos tradicionales del mundo local. Su poesía primeriza no le satisfizo y acabó quemándola: “Tuve una etapa incipiente de torpeza inherente al ejercicio que empieza, tanto que repudié mis primeros poemas, pero se recuperaron sometidos a un nuevo trabajo, tras larga demora y purga despiadada”, confesó.

Escritor implacable consigo mismo, repule y reescribe persiguiendo la perfección de sus poemas. A veces cree estar cerca y halaga íntimamente, como cuenta a su amigo López Rueda en carta de diciembre de 1996: “Es bello y perturbador leer una y otra vez los textos y gozar con encontrado espíritu de dubitación: ¿soy verdaderamente yo el autor de estas hermosas líneas poéticas? Y notamos que un sentimiento de orgullo y beneplácito nos fuerza a leerlos una y otra vez en voz alta, convenciéndonos de que sí, de que nosotros somos los autores, de que podemos dar por justificadas las abdicaciones y penurias con que pagamos el resplandor expresivo”.

En 1973 reaparece con obra madura en los poemas La Balada de la Hija y las profundas evidencias y Añoranza y acto de amor, de formas métricas ceñidas el primero y experimental el segundo, desconcertando a los intelectuales del destiempo reacios al recambio generacional, que intentan desplazarlo de la dirección de la Casa de la Cultura local. Saúl T. Mora en carta a Eduardo Moreno Mora, presidente de la matriz de la entidad, despotrica contra la nueva sensibilidad literaria del grupo ELAN y propone “la recuperación del prestigio cultural morlaco en el campo de las letras, tan amenguado por la pose de esos jovenzuelos que no ofenderán más al buen gusto y la altura de la mentalidad cuencana, con producciones como esa llamada Añoranza y Acto de Amor que ha mancillado inclusive las páginas de la última entrega de Letras del Ecuador. E indigna, por lo demás, de un joven de la valía de Jara, autor de primores como Funeral de la Golondrina y Balada. El envanecimiento les lleva a suponer que, siendo ya semidioses, pueden emporcar la literatura con engendros escatológicos”. El primer poema que cita es de los que renegó Jara.

El poeta, con los pies en la tierra áspera, rigurosa formación académica y pasión por la lengua, mira adelante. “Lo importante es el trabajo, no la publicación, que es externa, adventicia. Lo que es bueno ahora ha de serlo después de treinta años o si no, mejor no haberlo publicado”. El amor, el sexo, la soledad, el tiempo, la muerte, son temas recurrentes, profundos y explosivos. Las satisfacciones que más han enriquecido su vida son las del amor: “el amor es inagotable. Es un bellísimo estado de imbecilidad: es irracional y quizá por eso es una de las fuerzas más poderosas de la vida”. Cree que el hombre, como la serpiente que por temporadas cambia de piel, necesita renovar a los seres amados.

En 1976 Pedro, el hijo de 19 años, se ahorca atado a una cuerda del inodoro. “La libertad del hombre se prueba sobre todo frente a la muerte. Si el hombre es un ser libre tiene derecho no solamente a elegir su manera de vivir, sino también su manera y su tiempo de morir… Mi hijo eligió él su muerte y yo he sido respetuoso de eso”, comentó, pero golpeado profundamente escribió Sollozo por Pedro Jara, “que no es una elegía para lamentar la muerte de él, no tenía que lamentar si él había decidido… Para un homenaje a mi hijo tenía que hacer algo nuevo, que no se pareciera a nada. Por eso es un poema experimental, tan de búsqueda de nuevas formas, que inclusive su subtítulo ilustrativo dice Estructuras para una Elegía”.

 Al terminar en 2007 su último período como presidente del núcleo de la Casa de la Cultura, Jara llevó a sus amigos a su residencia para brindar por la gestión cumplida. Joaquín le ayudó a preparar y catar el licor preparado para la ocasión. 

Aparte de Sollozo, parece evadir su tragedia, pero alguna vez aceptó abordarla y con voz ahuecada, cavernosa, como un eco de olas en las cuevas isleñas de langostas, respondió: “Primero es la incredulidad. Salí en precipitada carrera y fui con ese ánimo. Había hablado con él el día anterior y no aparentaba nada… Fue un golpe muy duro, impensado, era el hijo varón más apegado a mí: resultó muy doloroso. Son de esas cosas que le obligan a decir a uno que el sufrimiento pasa, pero haberlo sufrido no pasa jamás y le acompaña toda la vida”.

Apasionado al lenguaje, al hablar o escribir se regodea deletreando el ritmo y la exactitud de las palabras, con intenciones significativas contundentes, lapidarias o de humor, como al responder a por qué le llaman Cuchucho: “Porque tengo el sexo radioactivo”, responde, y añade tras una carcajada que retumba: “A lo mejor me parezco a ese animal, así me han llamado desde la infancia. Me lo impusieron compañeros de la escuela cuando un tío me trajo un cuchucho del oriente –entonces insondable y desconocido-, que se encariñó conmigo. Creo que acabé por identificarme con mi tótem”. Y otra carcajada se derrumba como un trueno.

No teme a la muerte, pero sentiría una pena infinita al dejar la vida, que es hermosa, pero no se puede tomar la una sin la otra. Recuerda que según Heidegger el ser humano mientras vive no ha concretado las posibilidades de su ser: “el ser de las cosas está hecho, una roca no puede ser sino una roca; el caballo será siempre caballo y es imposible que quisiera un traje a rayas para convertirse en cebra. El árbol de naranja solo puede dar naranjas y no nueces. Pero un hombre impecable por su honradez puede sorprender en forma terrible con un desfalco. Solo cuando muere no puede ser otra cosa, mientras eres no eres todavía”.

De la religión evoca las enseñanzas problemáticas de la época familiar y confesional con los Hermanos Cristianos y el colegio jesuita Borja, que dejaron huellas traumatizantes de pavor que costó superarlas, pero las superó del todo. “Soy agnóstico, ni siquiera ateo, porque el ateo de alguna manera cree, pero respeto a los que creen por una necesidad interna. No tener religión es doloroso, pues después de todo la posibilidad de otra vida puede dar consuelo, es doloroso saber que uno se acaba del todo. La religiosidad es irracionalidad pura: creo porque es absurdo, pues si fuera comprensible, para qué creer…”

Fue reacio a premios o condecoraciones, aunque los aceptó ya avanzado en años. “La poesía es un ejercicio de pureza, gratuito, en el sentido de que no importa rentabilidad de ninguna clase. Un trabajo esforzado, un interés puro. La función del poeta es escribir no para publicar, tener éxito o reconocimiento, sino para decir lo que piensa sobre el mundo y la vida. En este sentido es hasta subversiva, porque el conocimiento que brinda es a contrapelo con las ambiciones del resto de la gente, que son lo económico y no más, en un mundo en que el ser humano es un mecanismo de productividad y consumo”. El poeta recibió el premio Fray Vicente Solano, el más prestigiado que concede la municipalidad de Cuenca, y la presea Eugenio Espejo, del gobierno del Ecuador, con una pensión vitalicia.

La docencia le apasiona desde que a inicios de los 60s del siglo XX dicta Ciencias Naturales y Literatura en el colegio Benigno Malo. Los ex alumnos de entonces recuerdan sus descripciones volcánicas del archipiélago, los paisajes marinos, la flora y la fauna en parajes milenarios donde se congela el tiempo y se respira paz solitaria sobrecogedora en días siempre iguales.

Su recomendación a los alumnos de literatura es que escriban mucho y publiquen poco, tras revisión despiadada y cruel, hasta obtener textos logrados, no la perfección, que es imposible, pues quien crea haberla alcanzado, detendrá el perfeccionamiento. Les propone vivir lo más intensa y hermosamente posible, a sabiendas de que en el arte y en el amor toda libertad es permitida, siempre que la meta que se persiga sea razonable para ser buen escritor, buen abogado, buen médico o de cualquier profesión.

 

JOAQUÍN, EL TRONCO CENTENARIO

No se puede hablar de Efraín Jara prescindiendo de Joaquín Zamora Barrezueta, compañero desde el asilo infantil de monjas catalinas, donde descubrieron juntos el alfabeto. Nacidos en 1926, murieron en 2018, y ahora se evoca sus centenarios.

Leticia Idrovo, madre de Efraín, profesora de mecanografía, les había enseñado a tipear las teclas. Las monjas, admirando su destreza, promovieron un concurso para que a sus cuatro años redactaran algo, con el obispo Daniel Hermida de juez. Ambos se lucieron y se proclamó el empate. Sería el más antiguo anuncio del Cuchucho por las letras. Aunque Joaquín anduvo por otras escuelas y colegios, conservaron una fraterna amistad en la juventud, la madurez y la vejez. “Bien sabes que tú y Atala son los únicos seres con los que estoy ligado en Cuenca y quizá, en el universo”, escribió Efraín en carta desde Galápagos en 1996, cuando también enviaba cartas a Alba Lara, con quien se casó en 1983 y estaba separado.

Joaquín tenía temple para vivir con libertad, humor y desenfado, desde la escuela Ramírez Dávalos, donde tuvo una experiencia heroica: un profesor Cuesta le sancionó encerrándole dos horas después de clases, pero se olvidó de él hasta el otro día. Cuando al fin abrió la puerta, le cayó una tunda de trompones, por lo que el compañero Manuel Dávila Vintimilla le apodó Tronco Zamora, por fornido y corpulento, como se lo nombra hasta después de muerto.

Su infantil fortaleza sería obra de la Mamañuño Julia Pérez, nodriza que le crió con rigor campesino, bañándole en agua fría o castigándole si mentía. Una vez le quemó los labios con un casarón de huevo ardiente. Una hermana mayor, por el exceso de cuidados, había muerto a poco de nacida, por una ráfaga de viento. La nodriza le dio un hermano de crianza, Humberto, al que quería como verdadero hermano y sufrió cuando el 28 de mayo de 1944 murió en Quito en el episodio de La Gloriosa, mientras era guardaespaldas de Arroyo del Río.

La secundaria inició en el Borja, sin acoplarse a la prisión disciplinaria jesuita, “de donde con gran satisfacción fui expulsado en segundo año, luego que hice lo posible por conseguirlo”: fue a comulgar con la chompa mojada en licor, para engañar que había bebido, y pasó al Benigno Malo. Luego se aventuró por las plantaciones de banano de su madre en la provincia de El Oro, pero por los precios poco rentables, con un amigo fue a Túmbez por unos brujos con fama de cambiar la suerte. Pero éstos le aconsejaron ir a Santo Domingo de los Colorados, donde el hechicero Abraham Calazacón era más diestro: los brebajes y escupitajos con montes dieron resultado, pues a poco aprendió, con el dolor del alma, a sobornar a ciertos funcionarios.

En El Oro tuvo otra aventura memorable, pues remató la lancha coreana torpedera Raquelita, en 1955. La embarcación carcomida por la herrumbre nunca zarpó a ninguna parte, pero Joaquín, vestido de marinero, la convirtió en lugar destinado a reunión de amigos. Para formalizar la compra, hizo un curso en la capitanía de Puerto Bolívar, donde se enteró de que el aparato tenía doce metros de eslora y seis de manga, y conoció una brújula que nunca cambiaría de dirección. El barco, al fin, acabó hundiéndose para siempre en los fondos marinos.

Otra ocurrencia fue comprar el tractor del que se enamoró a los 11 años, cuando en 1937 pavimentaban las calles de Cuenca, y pidió al maquinista le dejara subir un ratito al monstruo bullicioso humeante. Al enterarse del remate años después, en Azogues, decidió adquirirlo. La subasta pregonaba Luis Villavicencio, apodado Atacocos, popular recitador callejero. Con la máquina entró triunfal a Cuenca, luego que la chatarra de los engranajes los enaceitó Aurelio Roldán, mecánico fabricante de grúas. Al aparato se trepaba con amigos y él se lucía dando pases estruendosos a su novia. Años después vendió el caldero a un productor de aguardiente de Riobamba y le agradó el destino embriagador del fierro querido.

Ya maduro y con familia, intentó asentar cabeza con una fábrica de ladrillos vacíos al interior, con tecnología para abaratar costos. Por entonces sus amigos del periódico humorístico La Escoba le hicieron propaganda de los ladrillos con huecos importados de Alemania, con gráficos del caricaturista Marco Antonio Sánchez.

El Cuchucho y el Tronco tuvieron alma de panas. En uno de sus viajes a las islas – que nunca las pisó Joaquín- el poeta le confía intimidades de su salud, en largas cartas. En una le dice haber mejorado de sus achaques prostáticos: “Y cuando ya dejaba de sentirse ese sordo y deprimente latido de la región puberal, hace unas noches me deslicé al cuarto de la empleada de la dueña de casa, echando por la borda los avances de la mejoría”. El siglo de los dos amigos coincide, se complementa y celebra en estos días.