Por todos los rincones se escucha en el país el estallido de la conflictividad. La confrontación se ha tornado habitual por lo que se hace y por lo que no se hace, mientras impera una corrupción hace tiempo institucionalizada y el crimen organizado ensangrienta, libremente, ciudades y regiones. Es la realidad espeluznante en la cual nos vemos obligados a sobrevivir, talvez sin habernos preocupado del porqué.
Había un texto casi sagrado, conocido como constitucional, que normaba el proceder del gobierno en lo nacional, en lo internacional, imponía orden y regulaba el comportamiento ciudadano. Al cabo de innumerables reformas, el texto hoy vigente -según los entendidos- resulta obsoleto no por inactualidad, sino por haber sido engendrado para favorecer a un oprobioso régimen de turno que pretendió eternizarse en el poder. Entre una maraña de formulismos legales, surgieron organismos de apariencia constitucional cuya única razón de ser fue la de garantizar el imperio de la voluntad del gobernante. Resulta obvio que mientras mantenga vigencia dicho texto constitucional con sus ominosos engendros burocráticos, sería vano exigir que se ponga freno a la arbitrariedad en el manejo de las instituciones.
Había antes cierto pundonor en lo tocante al respeto de los intereses del Estado. Sus diversos estamentos, dígase ministerios, cortes de justicia, organismos nacionales, regionales, provinciales, locales, estaban generalmente conducidos, salvo excepciones, por personas representativas, cuya vocación de servicio, honradez y competencia profesional garantizaban la buena marcha de la administración. Como consecuencia de cuanto se expuso en el párrafo anterior, ha sido ahora suficiente pertenecer a una tienda política o a un determinado círculo económico para acceder a la función pública. La farsa de los concursos reglamentariamente convocados para escoger a los mejores aspirantes a una alta responsabilidad está demostrada por las corruptelas de muchos triunfadores, cuyo ejercicio ha terminado en procesos judiciales y en sentencias dictadas dentro y fuera del país. Y si se pone el ojo sobre las victorias electorales obtenidas con votaciones que no sobrepasan el veinte por ciento de la voluntad ciudadana, debemos admitir que sería necio esperar probidad, capacidad, ética, por parte de quienes se han encaramado de esa extraña manera a los espacios de poder central y seccional.
Aunque difuso, había antes un sentimiento de comunidad sostenido sobre la base de creencias colectivas. De todas maneras, si la despojamos de fanatismos clericales, la fe religiosa aglutinaba a la población alrededor de valores universales y operaba como nexo y barrera de contención. La paulatina pérdida de protagonismo ha llevado a que el infierno aflorara a la superficie de la cotidiana realidad, y que el diablo anduviera suelto por estas calles de Dios, disfrazado ora de juez, de gerente general, ora de alcalde.
Había antes un sistema educativo que a pesar de innegables deficiencias trataba de formar con rigor al futuro ciudadano desde las bancas escolares, preparándolo para la participación activa en el vivir comunitario. Al cabo de reiteradas reformas educativas, aquel sistema evolucionó, no para mejorar, sino para convertirse en instrumento al servicio de una velada y ya fallida visión reivindicativa, destinada no a formar sino a adoctrinar, vale decir, a fracasar. Los frutos de aquel extravío son los que ahora nos corresponde cosechar en el ámbito político, económico, cultural y hasta deportivo.
El efecto inevitable de estas y otras deformaciones sociales fue advertido a su debido tiempo por voces autorizadas a través de los medios de comunicación, sobre todo de la prensa escrita, cuando en los diarios nacionales y regionales, en goce de la relativa libertad y autonomía, se aplaudían o censuraban las actuaciones oficiales. Pero las apetencias gubernamentales no admitían opiniones contrarias al designio ideológico. En consecuencia, los diarios se han visto forzados a desaparecer. Los periódicos operaron por muchos años como verdaderas escuelas de formación en el área comunicacional. Ahora, la ciudadanía y los contados espacios informáticos que sobreviven en el país tienen como fuente el abundante material, no exento de basura, que fluye sin control por las redes, único medio de información para el ciudadano común que, probablemente, solo puede obtener una difusa visión del porvenir y de su propia realidad.